Nos acostumbramos a soñarnos eternos en nuestro parque, nuestro baile, nuestro abrazo. Cuando el reloj sólo marcaba el tiempo que nos hacía inmateriales corriendo calle abajo. Ahora el reloj es una fina cuerda y nosotros dos funambulistas a punto de caer. No lo pudimos ver, o quizás no quisimos; y Sabina avisando que alguien nos estaba robando Abril...
Porque cada invierno estamos en standby, sólo una foto en blanco y negro impide nuestro olvido. Coño, pero que bien suena la primera persona del plural saliendo de tu boca. Aunque sea a voces, dímelo, a mí me vale.
No conoces mi ciudad, ni sus parques, ni sabes que Valladolid cencellea cuando te sabe triste; y a pesar de ello ya te conocen lo vasos de los bares, las canciones de Vetusta y el Pisuerga siente celos cuando le hablo de nosotros a orillas del Manzanares. Le cuento que aprendí a sobrellevar la añoranza abrazando el fondo de cada vaso, invocando cada pedazo de felicidad repartida en instantes e interponiendo un paréntesis en la afonía de mi recuerdo.
Ganas de visitar tu rincón, ese ático del que tanto me hablas. Necesitaremos tres estanterías, una para mis revistas, otra para tus vinilos y la otra para nuestros recuerdos. Lo dejo en tu mano. Prometo dejarte romper los botones de mi camisa, recuerda que del corazón aún no hemos hablado.




